Fue para el funeral de mi tío, tuve que asistir en nombre de mi viejo, disculpando su ausencia, obligado por motivos laborales y como era el único de la familia que estaba cercano a la ciudad no tuve más remedio que asistir, aun siendo un poco reacio a los rituales funerarios.
Ahí estaba mi tío, tieso en su ataúd de madera y aunque solo fue uno de los buenos amigos de mi padre, siempre lo ví como otro integrante más de mi familia. Estuve de pie junto al féretro por unos instantes hasta que una voz femenina me sacó de esa especie de trance, Pilar estaba a mi lado, vestida de negro. Aunque había pasado mucho tiempo desde que la viera por última vez, ella no había cambiado casi nada, sus hermosos ojos verdes-esmeralda seguían siendo tan cautivadores como siempre, su larga y castaña cabellera de princesa de cuento, su cuerpo de modelo de pasarela. Nos quedamos mirándonos, observándonos, examinándonos uno al otro, hasta que ella rompió el silencio.
-Hola Francisco, gracias por venir.
-No tienes nada que agradecer Pilar. ¿Cómo estás?
-Ya más tranquila, tengo que ser fuerte, por mi hermana y por mi madre
-Claro, tienes que ser fuerte-dije, mientras recordaba a su hermana, Andrea, de quien siempre estuve enamorado. Recordaba las vacaciones de verano y los paseos a la casa del campo donde se juntaba casi toda la familia. Los juegos de adolescencia también los recordaba con mucha nitidez.
¿Cómo olvidar el juego de la mora? Este juego lo realizábamos siempre que íbamos a bañarnos las calurosas tardes de verano en el tranque. Consistía en poner una mora sobre los labios de un varón participante del juego y una de las participantes mujeres debía comer la mora sentándose de piernas abiertas sobre el hombre y frotándose contra él durante el proceso. La regla era que el hombre no debía mover músculo alguno de su cuerpo desde el cuello hacia abajo. Si la chica era de gusto del hombre sucedía que abría la boca y la mora que antes había que estaba sobre los labios, ahora debía buscarse dentro de la boca. Fue durante estos eróticos juegos donde di mi primer beso a una mujer, también fue donde tuve mi primera erección, imposible no recordar esos momentos.
Pilar siempre fue una de las más requeridas siempre y ¿Cómo no? Si era hermosa y además la creadora del juego de la mora.
-¿Dónde está mi tía? Quiero darle el pésame, a ella y tu hermana.
-Vamos, yo te llevo, están en la cocina descansando un poco.
Llegamos a la cocina, mi tía se veía realmente mal, tanto que al verla Pilar, inmediatamente le dijo que lo mejor era llevarla a casa para que descansara y así al día siguiente poder ir al cementerio, que la vigilia podían realizarla ella y Andrea.
-Panchito! ¿Y tu papá, donde está él?
-Vine solo tía, el no pudo asistir. Pero estará mañana en el cementerio
-Gracias por venir, debes estar cansado, es un largo viaje el que has hecho. Ya pues niñas, sírvanle un café a su primo.
-No tía, no es necesario. Me serví un completo y un café en el terminal al bajar del bus.-le dije- ¿Por qué no le hace caso a la Pilar y va a casa a descansar? Yo me quedo ayudándoles en todo lo que haga falta a las chiquillas.
-Bueno, está bien
-Entonces que la Andrea te acompañe yo me iré más tarde en un radiotaxi cuando cierren la capilla-dijo Pilar, pasándole las llaves del que supuse seria su auto.
-No mi amor, como se te ocurre que maneje la Andrea , si está tan cansada
-Entonces manejo yo tía, voy a dejarlas a casa y vuelvo por la Pilar después, para mí no es problema.- me ofrecí
-Gracias Panchito, bueno, nos vamos Pilar, cualquier cosa me llamas al celular
Nos subimos los tres al vehículo, saludé a Andrea que estaba medio dormida aun, y nos fuimos a la casa de mi tía. Llegamos en menos de quince minutos. Andrea se acostó inmediatamente y mi tía lo hizo después de tomarnos un café, mientras la ponía al día del rumbo que había tomado y las cosas a las que me dedicaba.
De vuelta en la capilla busqué a Pilar, la encontré en el patio fumando un cigarro y conversando con un grupo de amigas. Las horas pasaron entre saludos y condolencias casi sin darnos cuenta. La capilla cerraba a las tres de la mañana, Subimos al auto con rumbo a su casa.
-Te quedarás en casa esta noche, no acepto un no como respuesta- Insistió Pilar
-Está bien, me quedo en tu casa. Gracias.
Entramos cuidando de no despertar a nadie. Ella me indico cual era su pieza.
-Iré al baño a darme una ducha, entra y ponte cómodo.
Su pieza era toda rosada, mas parecía una casa de muñecas Barbie que el dormitorio de una chica universitaria. Amante de los animales, tenía una colección de pequeños animalitos de plástico que colgaban del techo sujeto por hilos de pescar. Me recosté sobre la cama, me saque el chaleco y los zapatos, tomé una de las almohadas y apoye mi cabeza en ella.
Estaba casi a punto de dormirme cuando ella llegó, llevaba puesta una bata rosada y pantuflas del mismo color.
-¿No pensarás dormir así? Quítate esa ropa, no será la primera vez que vea a un hombre en ropa interior- dijo, riéndose de lo pudoroso que soy mientras se quitaba la bata para quedar solo en calzones. (Creo que no es necesario decir el color, pero por las dudas, eran también color rosa)
Me senté al borde de la cama y me quite la camisa, ella me miraba sonriendo, me quité luego los calcetines y después bajé mis pantalones y los saqué de un solo movimiento mientras ella no quitaba sus ojos de encima.
-Bueno, ¿Qué lado de la cama me toca?- pregunté algo nervioso por verla así, tan suelta de cuerpo, casi desnuda a mi lado.
-Tonto ¿Realmente quieres dormir?- y mientras digería sus palabras ella ya estaba abrazada a mi, recorriendo a besos la distancia entre mi cuello y mis labios.
Nos tumbamos sobre la cama y seguimos besándonos, mientras nos acariciábamos deliciosamente. Todo su cuerpo era suave, eso era un sueño. Había fantaseado por años en mi adolescencia con su blanca piel mientras me masturbaba y ahora la tenía frente a mí, para mi deleite. Ella acariciaba mi espalda mientras yo me entretenía besando y acariciando sus hermosas tetas con ambas manos.
-Pilar, ¿Qué pasa si nos escuchan?-
-Tienes razón- Se puso de pie y cerro la puerta con cerrojo- ¿Conoces la depilación brasileña?-Preguntó muy coquetamente
-No se de que hablas
Yo estaba recostado de espaldas, ella se puso de pie frente a mí y se bajó su calzoncito lentamente. Tenía la vagina sin un solo bello, no había nada de pelo en su pubis, esa debía ser la depilación de la que hablaba.
Me puse de rodillas frente a ella, quería ver más de cerca su vagina. Me miraba desde lo alto con una sonrisa media orgásmica, entre caliente y coqueta. Sumergí mi lengua en su conchita, medio húmeda ya por la sesión de besos y manoseo que nos diéramos previamente. Apoyó sus manos sobre mi cabeza y tiraba de mi pelo a cada presión de mi lengua. Su respiración era entrecortada, daba la impresión de estar jadeando. La abracé por la cintura y suavemente la recosté de espaldas sobre la cama, presioné con una de mis manos sobre su pubis para provocar que saliera un poco más su clítoris, mientras con la otra mano la penetraba utilizando uno de mis dedos y mi lengua iba y venia sobre su pequeño botoncito de placer.
Ella me detuvo, tomó mi cara entre sus manos y se sentó para darme un sabroso beso, nuestras lenguas se entretenían buscándose acaloradamente mientras yo recordaba el juego de la mora y cuantas veces se había negado a buscarla dentro de mi boca. Me puse de pie frente a ella y posé mi pene sobre sus labios, era una experta, partió pasando su lengua desde la base del pene hasta el glande, mientras con una mano acariciaba mis testículos, metió todo mi pene en su boca y comenzó a mover su cabeza de atrás hacia delante de manera que saliera y entrara frenéticamente.
Habría acabado dentro de ella de no haberla detenido, me senté sobre la cama con las piernas a lo largo, ella se sentó sobre mí y la penetración fue completa. Saltaba como poseída, en busca del orgasmo.
-Soy una puta, dime que soy una puta- Me decía al oído sin dejar de cabalgar
-Si Pilar, eres mi puta caliente- contestaba yo, mas por complacerla que por morbo propio
-Dime que te gusta metérmela, que soy una perra y que te gusta culearme
-Eres una perra Pilar, una puta perra y me encanta culearte
Estuvimos en esa posición lo suficiente para que ella alcanzara el orgasmo. A esas alturas poco importaba que nos pillarán o su mamá o su hermana. Creo que la idea de ser sorprendida haciéndolo conmigo en su cuarto la excitaba aun más.
La puse en cuatro, ella levantó levemente la cola para poder penetrarla con mayor facilidad. Comencé con movimientos suaves, pero ella no lo quería así, dueña de la situación desde el principio, comenzó a moverse con fuerza, de delante hacia atrás una y otra vez, entre quejidos e insultos, pedía mas, y mas
-Dime cuando estés a punto de acabar, quiero comértelo todo- ordenó, mientras seguía montándola como la yegua que era. Ambos estábamos sudados y jadeando de tanta excitación.
-Ahora Pilar, ahora
Tomó mi pene con una mano, y mientras lo frotaba con fuerza acabé en su boca. Sonriéndome, no dejo que ni una sola gota de semen se desperdiciara.
Me recosté, agotado. Ella hizo lo mismo y amanecimos abrazados.
Al día siguiente en el cementerio, nuestras cómplices miradas se cruzaron durante el discurso del cura. Pilar se veía menos triste que el día anterior, una leve sonrisa la delataba y probablemente si alguien se hubiese fijado en mi, también podría de haber advertido algún gesto similar en la mía.
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